ENGLISH II CASTELLANO

Los Rostros Interiores de Carlota Arenas

Por: Perán Erminy


Los rostros de Carlota Arenas se instalan intensos en las telas como personajes de ficción, como entes imaginarios que emergen de un núcleo interior.


Milagros Bello
Crítico de arte

 

Toda su obra sugiere la movilidad o transformación por efecto de transparencia sobre transparencia.


Roberto González
 Pintor

 

Carlota P. Arenas es discípula mía hace años, hallando en ella facultades pictóricas que espero la llevarán a ocupar un alto sitio en el panorama del Arte Venezolano.

 

Pedro Centeno V

 

 




PERÁN ERMINY

Crítico de Arte


Carlota Arenas es una artista de una sensibilidad fuerte, impositiva, que se desenvuelve con gran seguridad y con fluida soltura, sin vacilaciones ni dudas. Esa es la base fundamental de sus obras. No es una artista reflexiva ni teórica. Su obra no se basa en el pensamiento, sino en la sensibilidad. Es una artista de acción, más que de contemplación. Más de pintar que de idear. Sus pinturas se resuelven durante su ejecución, mientras las va pintando, en una especie de diálogo con sus materiales y con lo que le va apareciendo en la tela, a merced de su sensibilidad y con la ayuda de la imaginación y de la intuición, sin necesidad de calcular nada, pero sin prescindir de la razón, que permanece presente, supervisando el curso de la creación y colaborando en la construcción y la cohesión de la obra.


Durante el proceso de realización del cuadro, que no está rigurosamente precedido por esas etapas que suelen dedicarle los artistas a la concepción del proyecto, comenzando por una imprecisa búsqueda de imágenes mediante rápidos apuntes de pocas líneas espontáneas, a medio camino entre la imaginación y el dibujo más acabado. Son los esbozos, bosquejos, bocetos, croquis, que constituyen generalmente los primeros pasos del anteproyecto, el cual suele culminar con un dibujo más elaborado, que es el “estudio” final, a veces con algo de colores.


Todo eso se reduce, o casi desaparece, en la ideación y la concepción de las obras de Carlota Arenas, limitándose a un breve ejercicio mental de manejar diversas opciones posibles para el arranque de la obra, que luego se va auto-concibiendo o auto-inventándose mientras comienza a materializarse en la tela.


Carlota Arenas es, en Venezuela, una de las raras artistas casi monotemáticas, dedicada poco menos que exclusivamente a pintar rostros humanos, o más bien rostros femeninos. Los masculinos son una exigua minoría, si exceptuamos los retratos de Armando Reverón, hacia quien la artista tiene la mayor devoción estética, los de Cristo, su mayor inspiración religiosa y los de Bolívar y Páez, sus héroes desde la infancia.


En su repertorio temático restringido, Carlota Arenas ha pintado algunos retratos, unos minuciosamente académicos y muy realistas, de personajes conocidos, y otros son retratos trabajados con tanta libertad como sus personajes anónimos e imaginarios.


Una de las características más resaltantes en los rostros de C.A. es la ilimitada diversidad de sus tratamientos pictóricos: diversidad evidente y ostensiva en sus trazos, su dibujo, sus planos, sus colores, sus texturas, sus formas, sus deformaciones, sus contrastes interiores, sus tensiones y distensiones, sus armonías, sus simetrías, sus proporciones, sus ritmos, sus estructuras, sus maneras de articularse entre sí y su cohesión final en la que deja algo de incompletitud.


Otra de las características más notables es la del virtuosismo que se manifiesta en la destreza de su ejecución, en la cual demuestra un cabal dominio del oficio de pintar y del uso de las más diversas técnicas y materiales en la elaboración de sus obras.


Además de sus rostros, Arenas ha pintado paisajes, y ha incursionado en otras experimentaciones, como instalaciones, tapices y otros medios. Sus paisajes son diferentes a los de toda la corriente del paisajismo venezolano. Sobre esos dos temas, el del paisaje y el de lo extra-pictórico habríamos querido ocuparnos separadamente pero creemos que al centrarnos en sus rostros estamos analizando la esencia de su obra creativa.


El tema de los rostros es el tema predilecto y predominante en la pintura de esta artista. Ese tema nos plantea de inmediato, o desde el primer acercamiento a su obra, varias interrogantes: ¿se trata de retratos? ¿representan personas reales o personajes imaginarios? ¿o los rostros son meros pretextos para hacer pinturas?.

 

En primer lugar, sentimos curiosidad por la propia predilección. Entre las innumerables cosas pintables, llama la atención el hecho de que los artistas se limiten a pintar siempre los mismos pocos temas: retratos, paisajes, desnudos, flores, bodegones y vírgenes, sin contar las obras abstractas, geométricas o no, que son menos clasificables. Y no se sabe por qué no se les ocurre pintar otra cosa, entre las infinitas que existen en el universo, y las no menos ilimitadas imaginables.


En la pintura de Carlota Arenas el problema se reduce casi al extremo. Sólo pinta rostros, y algunas veces paisajes, con pocas excepciones de retratos (Reverón, Cristo), una imagen de un grupo histórico de artistas y unas instalaciones escultóricas casi efímeras, de una gran escena religiosa alrededor del Cristo crucificado.


¿Por qué esa autolimitación temática? Descartamos, desde luego, alguna presunta incapacidad técnica, porque la artista demostró reiteradamente su cabal dominio del dibujo en realizaciones muy realistas, ejecutadas con trazos seguros y rápidos.


Los rostros son casi todos femeninos (con las excepciones aludidas), a veces acicalados, con elegancia o exceso. Todos son representados con una relación de simpatía, o algo más, de auto-identificación y de empatía. Tal vez se trate de ese recurso que en la literatura y en la pintura se conoce como “autorretratos oblicuos”, que son como autorretratos con persona interpuesta, en los que el autor se retrata a sí mismo a través de los rasgos y la identidad de otra persona. En este caso deja de ser él mismo, para verse como si fuera otro. O viceversa. O se disimule con el disfraz de asumirse como otro.


Otras veces, como es el caso más frecuente, el artista pinta a alguien y, sea de un modo conciente o no, vierte en su obra mucho de sí mismo, de su propia identidad anímica y de su fisonomía.


Es posible que en la pintura de Carlota Arenas, sin que necesariamente ella lo perciba, se crucen identidades recónditas en permanente indistinción.


En todo caso, estos rostros femeninos no están pintados para que se reconozca a nadie, ni para verse a sí misma la autora, en un rostro Otro, ni tampoco para ofrecer la imagen del “eterno femenino”. Estas pinturas, antes que nada, se muestran a sí mismas como pinturas, como una manera de pintar rostros, o como unos imaginables rostros convertidos o transcritos en planos de colores que se expresan por sí mismos.


Viéndolas en su conjunto, y comparando las obras entre sí, se nos hace evidente no sólo el carácter construido, compuesto, de estas imágenes, sino también su naturaleza eminentemente plástica, pictórica, dependiente del lenguaje propio de la pintura, patente en la rica diversidad de soluciones y tratamientos pictóricos de las obras.


También se expresa, no tanto la relación de estas pinturas con la realidad, por ser más bien creaciones imaginativas, sino la relación entre estas obras y la subjetividad de la artista.


Los personajes que se nos aparecen en estos cuadros son, como ya lo hemos dicho, imaginarios, no representan las apariencias de personas reales. Y no tratan de parecer verdaderos, como si los hubiese pintado mediante la observación directa de mujeres que le posaran como modelos. Tampoco intentan lucir como personas de carne y hueso. Porque esos rostros son, ante todo, pinturas. Se manifiestan como composiciones pictóricas, no como simulacros de realidades. Lo que apreciamos en ellos es la belleza, la gracia, o la vitalidad de las soluciones logradas en el acertado manejo del lenguaje de la pintura. O, como más particularmente, de su lenguaje pictórico personal. Fuera de los efectos visuales y afectivos suscitados por el uso emotivo y espontáneo de su lenguaje formal, no hay que buscar en estas obras otras lecturas narrativas. No nos remiten a nada exterior a ellas mismas. No pretenden contarnos ninguna clase de sucesos que no sean los que acontecen en las relaciones recíprocas en sus componentes pictóricos, como los que resultan del juego de tensiones y distensiones, de atracciones y repelencias, de lo estático y lo dinámico, lo enérgico y lo suave, lo exaltado y lo apacible, y de un interminable etcétera. Con las ilimitadas combinaciones posibles entre esas dicotomías y polaridades se obtienen los más diversos efectos emotivos y sensibles, con los cuales la artista construye el contenido expresivo y discursivo de sus obras.


Para acentuar más la expresividad natural de sus pinturas, para enfatizarlas, la artista no recurre nunca a la épica ni a lo trágico, no se vale tampoco la dramatización temática o narrativa. En el sentido contrario no recurre tampoco al humor, a la comedia, ni al uso de la ironía.


Carlota Arenas no se ha propuesto el reto de lograr engañar a los sentidos ni a la inteligencia, para crear la ilusoria impresión de confundir las imágenes con las realidades, tal como lo denunciara Platón en su tiempo. Por el contrario, desdeñando cualquier tentación de realismo extremo, la artista persiste en su incansable empeño en experimentar toda clase de distorsiones y deformaciones en los rasgos de sus rostros imaginarios.


Paralelo a esto, ocurre la activación de su tendencia dionisíaca, que se expresa en términos de ebriedad y desenfreno, pero no desvinculada de una cierta dosis apolínea.


De los personajes imaginarios de Carlota Arenas no conocemos más que la apariencia momentánea de sus rostros, o menos aún, porque realmente no los conocemos. Esta palabra resultaría excesiva, pues apenas los percibimos. Y, a partir de ese conocimiento menor, pero de impronta fuerte y sugestiva, nos aventuramos a imaginarlos como a cada quien le parezca.


Estos no son personajes como los de Ingmar Bergman, agobiado bajo su densa carga de tribulaciones angustiosas. Ni tampoco apasionados como los de Dostoievsky o de Esquilo. Al lado de ellos, los de Carlota Arenas parecen más “llevaderos” y menos tormentosos. Se dejan llevar por nuestros pareceres, y hasta por nuestras fantasías.


Pero estos personajes, en los cuales de algún modo nos vemos como imagen especular nuestra, están expuestos a nuestras mismas oscuridades, incertidumbres y anhelos fundamentales (no fundamentalistas). Son personajes que no pueden ocultar su fragilidad ni su incertidumbre. Por ello se prestan mejor, con todo el lenguaje que los arrastra, a los llamados “juegos de lenguaje”.


Nos hemos referido a los rostros del Bergman en el sentido en que Woody Allen, uno de sus más famosos admiradores y exegetas afirmara que “los rostros lo son todo para Bergman (...) es el medio que ha encontrado para mostrar el paisaje del alma”.


Las deformaciones y los trazos enfáticos en las obras de Carlota Arenas parten de una doble motivación, en dos niveles mentales diferentes. Por un lado, en un nivel voluntario y conciente, la artista manifiesta una concepción moderna de la plástica occidental (incluyente de la nacional) que ha asimilado profundamente durante toda su vida hasta hacerla absolutamente suya, en la cual prevalecen sus afinidades con los modelos del expresionismo y de otras corrientes cercanas o derivadas de éste, como las figuraciones casi informales del grupo Cobra, o de ciertas vanguardias españolas de la generación de Saura, o latinoamericanas de la nueva figuración de Deira, De La Vega, Macció. Esos posibles modelos imaginarios la artista los ha asimilado personalizándolos y reformulándolos hasta reinventarlos ajustados a su propio lenguaje pictórico personal.


Por otro lado, a un nivel en el cual se entremezcla lo inconsciente, la artista expresa una tradición críptica de imagen laberíntica, hermética, que surge con su pulsión de ocultación, de oscuridades y de complejización, en la cual afloran las zonas oscuras del alma.


Los rostros de Arenas son apenas un poco más que meros pretextos para realizar, a través de ellos, una nueva experiencia personal en el uso espontáneo y libre de los elementos que integran el lenguaje de su pintura. La artista compone una especie de juego sinfónico de elementos visuales con los colores y las formas tomados por sí mismos, sin que representen nada ni se refieran a ningún tema ajeno a su propia realidad material.


Para conocer mejor la obra de Arenas, vale la pena compararla con otras obras que coinciden en su mismo tema predilecto de los rostros, sin que falten algunos artistas sobresalientes en ese género, fuera de los geniales autorretratos de Reverón y de Bárbaro Rivas, que son casos “aparte”. Habría que recordar los rostros clásicos de Héctor Poleo, los retratos oníricos de Emerio Darío Lunar, las obras de Manases con sus infinitos rostros riquísimamente diversos, los de Tulio Márquez, con sus dibujos simplísimos y conmovedores, los de Adonai Duque, con sus planos poderosos.


Los retratos y autorretratos, así como la pintura de rostros, suponen una mirada de un momento, aunque la realización de la obra haya durado varios días. Las biografías y autobiografías transcurren en el tiempo, mientras la pintura ocurre en el espacio. Pero una pintura de un rostro no se limita a una imagen en un solo momento. Su “mundo” se extiende más allá de los límites espaciales y temporales. Junto a los rostros de Carlota Arenas son mucho más que las imágenes que las pinturas nos muestran. Esas mujeres inventadas por la artista son mucho más que meros rostros. Son lo que esos personajes, para nuestra mirada, creen que son lo que hubieran querido ser. Lo que los demás verían en ellos. Son también sus ideales, sus temores.


Estas tres interpretaciones deducidas de la referencia que hiciera la artista a su manera de pintar rostros como paisajes, son entendidas de un modo laxo, aproximativo, y no rígidamente exacto, como se supone que fue hecha la referencia. Y sus interpretaciones posibles no serían las tres aludidas, que son las más inmediatas y directas, y que nos inducen a otras interrogantes que abarquen las anteriores, o que más bien subdividan a cada una de ellas. En todas las opciones siempre quedaría un “déficit representacional” que nos devuelve el problema a su inicio.


Como personalidad, Carlota Arenas es una artista inquieta, curiosa, expectante, exigente consigo misma y con su entorno social. Perece haber sido siempre una inconforme, pero de una disconformidad discreta, respetuosa de los demás, nunca conflictiva ni agresiva, ni siquiera destemplada. Es lo que le exigía a sí misma una conducta mesurada, sensata y prudente. Lo que debía inhibirla, o se abstenía de expresar públicamente, lo dejaba para desahogarse, como una válvula de escape, en su pintura. Así su inconformidad personal era, sobre todo, interior. En su posición frente al arte no ha sido el afán por la novedad, por la originalidad, ni por la trasgresión lo que ha motivado su actitud creativa, como generalmente le ocurre a los jóvenes artistas inquietos. Lo que le importa más es la autenticidad en la cual incluye la sinceridad, la espontaneidad y la libertad en sus creaciones.


Siempre parece haber rechazado como ajenas y extrañas a las influencias pictóricas de los movimientos vanguardistas europeos y norteamericanos, para centrarse, sin encerrarse, en la maduración de su propio lenguaje. No quiso sumarse a los modelos formales y las visiones pictóricas preestablecidas, para seguir su propio mundo pictórico.


Tomó su distancia para alejarse de todo tipo de rebuscamiento intelectual, desconfiando de lo que calificaba como “especulaciones intelectualistas”, tal vez referidas a experimentaciones de carácter muy racionalista.

 

La pintura de Carlota Arenas es de gran calidad porque está realizada con la sensibilidad, el gusto y la mano de una gran pintora, sin estridencias ni tremendismos. Y alejada de los artificios retorcidos y oscuros frecuentes en las vanguardias.


Su pintura tiene la virtud de producir de inmediato una impresión grata y vigorosa, como un shock, en la mirada del espectador, que lo hace detenerse y disfrutar de la riqueza sensorial de las texturas, transparencias, modulaciones, y variaciones de sus manchas espontáneas de color, que son de un refinamiento delicado y al mismo tiempo impulsivo y repentino, siempre muy acorde con el clima expresivo de la obra.

 



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Carlota Arenas